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 Milagros para Milagros y el riesgo de Rocío
Por: García, Carlos Enrique |   01 Julio 2015 6223 Visitas 1 Comentarios Ayuda
El Plan de Salud del Hospital Italiano de Buenos Aires tiene un modelo de atención que creamos hace más de 25 años. No fue un invento puesto que los pocos países del mundo que tienen sistemas de salud eficientes funcionan de la misma manera.

Cada paciente tiene un médico de cabecera y cada médico de cabecera tiene una población a su cargo.

Este médico de cabecera, lejos de ser “el viejo médico de familia que deriva a los especialistas” es un médico moderno, sofisticado, actualizado y con el cuchillo entre los dientes.

Moderno, sofisticado, actualizado y con el cuchillo entre los dientes quiere decir que está capacitado para diagnosticar la gran mayoría de las enfermedades que nos aquejan a los mortales y que está también capacitado para manejar esas enfermedades en la gran mayoría de sus instancias.

En la gran mayoría de las instancias quiere decir que puede empezar previniendo la enfermedad vascular, recomendando hábitos saludables, por ejemplo, pero también diagnosticar una enfermedad al corazón, establecer su riesgo, tratarla y cuando la complejidad del caso lo requiere consultar con especialistas que generalmente se dedican a un órgano o sistema y que están más familiarizados con los casos complejos.

Nuestra atención es más abarcativa y tiene en cuenta muchos otros factores de la vida de nuestros pacientes como otras enfermedades, su situación emocional y otros aspectos de su vida que no por ser menos discutidos dejan de ser importantes como la insatisfacción laboral, el divoricio, la viudez, o la muerte de un hijo, entre miles de cosas más.

Somos, diría, mucho más sofisticados pero sin duda, pasamos más desapercibidos.

Esta sofisticación implica en no pocos casos embarrarnos las botas y hasta salpicárnoslas de sangre a la hora de tratar un paciente o evitar que se lo trate; de estudiar un paciente o evitar que se lo estudie.

Va un ejemplo:

La arterioesclerosis es la enfermedad de las arterias que reduce su luz y en consecuencia afecta la irrigación de los tejidos. Cuando esa irrigación se afecta en forma crítica se produce lo que se llama un infarto, que no es otra cosa que la muerte de un tejido por falta de irrigación. Cuando el tejido es el del corazón (el músculo cardíaco o miocardio) esa muerte se llama infarto de miocardio; cuando el tejido es el cerebro, esa muerte se llama infarto cerebral.

Esa obstrucción de las arterias se produce por placas de colesterol, fragmentos de colesterol que se depositan en las paredes arteriales y las obstruyen a veces en forma lenta, a veces rompiéndose y provocando una obstrucción brusca y significativa.

El cigarrillo es probablemente el agente más aterogénico (que produce arterioesclerósis) de todos y de alguna manera reversible, puesto que dejando de fumar, el riesgo de padecer un infarto se reduce rápida y significativamente.

La presión arterial alta, el sexo masculino (es decir el haber nacido hombre), las dietas grasas, el sedentarismo y algunas enfermedades como la diabetes son otros factores que aumentan las probabilidades de obstruir las arterias y padecer un infarto.

La prevención de estas enfermedades es una de las acciones probablemente más exitosas de la medicina moderna. Con elementos y recomendaciones concretas, el médico (la medicina) podemos modificar en forma significativa el riesgo de un individuo de caer en el precipicio del infarto y la hemiplejía.

Siempre explico a mis pacientes lo que significa “modificar el riesgo”.

Modificar el riesgo significa atenuarlo pero de ninguna manera abolirlo. Por otra parte, para complicar más las cosas, la mayoría de los individuos que tienen colesterol alto, que son gordos, que fuman y que tienen la presión arterial alta (todo junto para exagerar) no van a tener un infarto del corazón ni del cerebro.

Suelo explicar este riesgo con el ejemplo de que si yo viajo dos veces por semana 400 km por las transitadas y homicidas rutas de la Provincia de Buenos Aires (como la 7 o la 8) y lo hago a exceso de velocidad, no respetando las normas y señales de tránsito, adelantándome en las curvas y con doble línea amarilla, sin colocarme el cinturón de seguridad y con una alcoholemia importante: lo más probable es que NO me muera en un accidente de auto.

Si, por el contrario, respeto la velocidad máxima, respeto las normas y señales, me adelanto solo en las zonas permitidas, nunca en las curvas ni con doble línea amarilla, uso el cinturón de seguridad y no tomo una gota de alcohol, no quiere decir que NO me voy a morir en un accidente de auto.

Pero si tomo un grupo de 1.000 personas que hacen lo primero (todo mal digamos) y otro de 1.000 personas que hacen lo segundo (todo bien digamos) y los sigo por un tiempo más o menos prolongado (digamos unos diez años), lo que voy a observar inexorablemente es que en la población que hizo las cosas mal, la mortalidad por accidentes de tránsito fue mucho mayor que en la población que hace las cosas bien.

Los número dirán que en esos diez años, se murieron 10 “niños buenos” (los que hacen todo bien) en accidentes de auto y 50 “enfant terribles” (los atorrantes) en accidentes de auto. La estadísticas dirán que la mortalidad de los diablitos es cuatro veces mayor en quienes se portan mal.

De manera que si me estoy portando mal y de un día para el otro empiezo a hacer letra buena sí o sí, voy a bajar el riesgo de morirme estrolado con el auto.

Cada intervención que se oriente a reducir esos factores disminuirá el riesgo. Así por ejemplo viajar en lugar de 400 km dos veces por semana, 200 km dos veces por semana, seguramente bajará el riesgo a la mitad. Manejar a la velocidad permitida, usar el cinturón, etcétera, cada uno de esos factores modificado positivamente, bajará el riesgo de morir en un accidente de autos.

Falacias frecuentemente escuchadas:

Mi suegro siempre fue un atorrante que manejaba a mil y borracho y vivió 85 años y se murió durmiendo: consejo implícito, portate mal que no te va a pasar nada.

Mi concuñado era un santo, jamás probó una gota de alcohol, vivió como un monje tibetano y se mató en la 14 en un accidente que para sacarlo del auto lo tuvieron que serruchar. Moraleja implícita: por más que seas un santo igual te vas a morir.

O peor aún: Un amigo mío era un degenerado que manejaba como los bomberos, chupaba como una esponja y no sabía lo que era el cinturón de seguridad. El suegro le regaló una semana en esas clínicas donde aprendés a hacer vida sana, te hacen masajes y lo más fuerte que tomás es agua mineral. Al año, el Papa Francisco era un desquiciado al lado de él y ¿Qué le pasó? Se dio la piña y se mató con el coche.

Probablemente el destino esté escrito y nadie se muera en la víspera como decía la gente en mi pueblo. Pero lamentablemente no tenemos acceso a la lista de los destinos y si queremos reducir el riesgo de morir tenemos que adoptar ciertas conductas que no nos van a garantizar la conjuración de todo el riesgo pero que sí, lo disminuirán significativamente.

Y ya que hablamos de estos “factores de riesgo” vale la pena aclarar que no es lo mismo tener un solo factor que tener todos los factores. Ni es lo mismo tener todos los factores por mucho tiempo que tenerlos por un rato.

No es lo mismo una mujer de 42 años, que solo tiene colesterol elevado pero que no fuma, hace actividad física, come casi vegetariano, tiene la presión normal que un hombre de 55 que fuma desde hace treinta años, es sedentario y obeso, desayuna con chorizo colorado y tiene 160 (16) 100 (10) de presión todo el tiempo.

La mujer de 42 probablemente tiene un riesgo de infarto similar al que tendría si su colesterol fuera normal y si siguiéramos 1.000 mujeres como ella por diez años no observaríamos diferencias en la cantidad de infartos y probablemente tendríamos que seguir a 10.000 por veinte años para ver que en las que tienen colesterol alto observemos tres infartos y en las que los que lo tienen normal observemos solo uno.

Los estadísticos y sobre todo, los que venden medicamentos para bajar el colesterol dirán que la mortalidad en el grupo con colesterol alto “triplicó” (3 en 10.000) a las del grupo con colesterol normal (1 en 10.000) y recomendarán por radio y televisión el uso masivo de drogas para bajar el colesterol. Ayudados, claro está, por los médicos farsantes de traje claro, corbatas de Hermes, tostados todo el año, que reciben plata por debajo de la mesa de la industria farmacéutica y no les temblará el pulso en recomendar que al agua potable hay que agregarle drogas para bajar el colesterol.

Esta intervención médica (aparentemente inocua) significa que a esas 10.000 mujeres con el colesterol alto y ningún otro factor de riesgo les tenga que dar drogas por 20 años para evitar dos muertes. Y ni los laboratorios ni el farsante de traje claro dirán que durante esos 20 años se la pasarán haciéndose exámenes de colesterol, que a raíz de los análisis les encontrarán otras cositas, que les estudiarán y tratarán esas cositas, que las drogas para el colesterol les podrán producir ciertas afecciones y que finalmente, en las inocentes “tratadas” la mortalidad a los veinte años será igual o mayor que en las no tratadas. Eso sí: “habrá dos infartos menos”.

Tratamos a 9.997 que no les habría pasado nada, para evitarles el infarto a 2. No bajamos la mortalidad del grupo porque se murieron por otras cosas que les provocamos y gastamos una carrada de plata en drogas, estudios, diagnósticos, tratamientos de complicaciones, consultas, tiempo y angustia.

Esa carrada de plata, podría destinarse a otras cosas que ¡Vaya si provocan bienestar y felicidad! como la leche, los libros, bajar el precio del gas a los pobres que lo usan de garrafa a expensas de los subsidiados como yo que solo nos enteramos que existe el gas el día que nos lo cortan porque nos olvidamos de pagar la factura de 40 pesos por bimestre.

Así opera este mundo salvaje. Y lo peor es que nos la creemos; que quienes tenemos acceso a los servicios de salud los sobreutilizamos, que los médicos los sobre-recomendamos que hacemos una religión de un colesterol de morondanga... que hacemos, como diría mi primo “de un pedo un huracán”.

Rocío tiene 60 años y parece que tuviera 50; Rocío no tiene nada; Rocío es paciente mía; Rocío dice que me lee; Rocío dice que me cree y por eso me viene a ver.

Sin embargo, el otro día, Rocío, mi feligresa, cayó a mi consulta diciéndome que “la médica del trabajo me dijo que me tenía que estudiar, me pidió los estudios, me mandó a un cardiólogo... y yo le tuve que hacer caso”,

Rocío está estresada; Rocío está estresada porque una banda de arquitectos, ingenieros y mercaderes del cemento salvajes, de esos que hacen fideicomisos y edificios berretas demoliendo todo los que se les cruza, hizo cabecera de playa en el terreno lindero a su casa de Palermo rúcula y a fuerza de ruido, polvo y espanto le demolieron la propiedad lindera y en su casa tiemblan los cuadros y se resquebrajan las paredes.

Rocío está estresada porque los bárbaros están por tomar su casa.

Yo también me estreso porque Rocío le cree más a la médica de su laburo que hace seguramente diez años que no agarra un artículo médico que a mí que me la paso con el cuchillo en mano entre las bayonetas de mis colegas intervencionistas y los cadalsos que me preparan mis pacientes para el día en que consideren que me equivoqué.

Si a Rocío le hubiera ordenado análisis de todo, ergometrías, radiografías, colesteroles buenos, colesteroles malos, colesteroles lindos y colesteroles feos y le hubiera dado una pastillita, Rocío no estaría deshojando la margarita conmigo (meestudia-nomeestudia- metrata-nometrata-meestudia-nomeestudia) y me recomendaría a sus coetáneas en sus clases de pilates. Sin embargo, siendo como soy Rocío me recomendará, aclarando que soy bueno “pero un poco especial” eufemismo equivalente a “loco de mierda pero que sabe”.

Hace unos días, un amigo cardiólogo me invitó a la inauguración de un espacio de arte en una ciudad sojera de la Provincia de Buenos Aires. Como parte de las celebraciones comimos un rico asado en un campo en el que había varios amigos, entre ellos, algunos médicos.

Algunos que me leen se vinieron a compartir mi mesa y a tirarme la lengua con lo que digo. Uno de ellos, como quien le mete un palito a una víbora en una lata me dijo que fue a una conocida fundación donde lo metieron en una máquina de hacer chorizos y le hicieron de todo. Entre ese “de todo” le hicieron un eco Doppler color arterial de las carótidas “para ver cómo estaba”.

Aclaro que el “ver cómo está” la pared de las carótidas solo tiene valor como estudio científico pero llevado a la práctica clínica es peor que darle a un mono una navaja y dos vasos de fernet” es decir que seguramente es mucho mayor el daño que provoca que el beneficio (recontramarginal) que puede aparejar.

Sabiendo que me estaban tirando la lengua y que como a Don Segundo Sombra, me estaban invitando a pelear, “tomé mi faconcito” (la palabra) y dije: “Hacer ese estudio a la población sana es lisa y llanamente un crimen de lesa humanidad”.

Un amigo mío, bastante ocurrente y simpático dijo mirando a un cardiólogo que estaba en la mesa “Son unos hijos de su madre”.

El cardiólogo se levantó y se fue. Pensé que era una broma, pero no lo era.

Luego me levanté yo y le dije que, obviamente, nuestro ánimo era más de jolgorio, que igualmente habríamos recibido un comentario sarcástico de su parte y que esperaba que no se hubiera enojado.

Estaba enojado y me aclaró que mi comentario “era para discutir en otros ámbitos y no ahí”.

Se enojó.

Mi respuesta:

Estoy convencido de “mis comentarios” y los puedo sostener en cualquier ámbito. En una asado, luego de un partido de fútbol, en la televisión, en el aula de ateneos del hospital o en el aula magna de la Academia Nacional de Medicina.

¿O los atorrantes que recomiendan inapropiadamente estudios a los cuatro vientos pueden hacerlo en la televisión, en la radio, en la peluquería y en el gimnasio y yo tengo que defender mis argumentos solo en voz baja y en claustros académicos con olor a cuero y pana?

Mis argumentos no son ideas propias ni “experiencia personal”. Mis argumentos tienen fundamento científico. Han sido, hasta el momento comprobados.

Nuestros pacientes pueden comunicarse con nosotros por varios medios. Mis pacientes tienen mi número de celular, mis horarios de atención, mi email, el número de teléfono de mi oficina y además, la posibilidad de dejarme mensajes en un portal de Internet.

Recién acabo de recibir un mensaje:

Mensaje en el Portal:

Soy la hija de Milagros López. Mi mama esta haciendo un tratamiento por la artrosis de rodilla y el medico me comento que tiene alto el colesterol y que consulte con usted urgente. El medico es el Dr. Preventi.

Datos de laboratorio de Milagros:
Colesterol total 207 mg/dL
HDL colesterol: 42 mg/dL
LDL colesterol: 100 (tiene 300 de triglicéridos aproximadamente)

... y un dato no desperciable:

Milagros tiene 87 años...

La expectativa de vida de Milagros es negativa, es decir, Milagros está sobregirada, es decir superó la expectativa de vida de la población general.

Sin embargo el traumatólogo que solo se dedica a rodilla (por ahora a ambas rodillas) consideró una urgencia su colesterol, su hija consideró que era pertinenete pasarme un mensaje y si yo pudiera ser tan sarcástico como muchas veces me gustaría ser, le mandaría una ambulancia a Milagros, la enviaría a la Central de Emergencias y le haría bajar el colesterol en forma urgente...

Como decía Pepitito Marrone (los viejos se acuerdan y los jóvenes pueden buscarlo en YouTube): Cheeeeeeeeeeeeeeee
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Respuestas
gomez, liliana cristina | 09 Septiembre 2015
MUY BUENO¡¡¡¡¡¡¡¡ COINCIDO PLENAMENTE CON ESTE ARTICULO. ME GUSTARIA ESTAR EN CONTACTO C/ EL AUTOR.
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